Depresion

LA DEPRESIÓN EN LA JUVENTUD

Según el más reciente estudio realizado por la Organización Mundial de la Salud, la depresión es un trastorno que afecta la vida de al menos 300 millones de habitantes alrededor del mundo, pero las estadísticas indican que la enfermedad suele relacionarse de forma directa en la vida de cualquier adolescente promedio, y la mayoría ni siquiera se da cuenta de la gravedad del asunto. La depresión es un problema de salud pública al que no se le brinda la atención requerida, pues el concepto ha sido satirizado en múltiples ocasiones, incluso por los padres, quienes relacionan la tristeza con debilidad, y juzgan a sus hijos cada vez que tratan de expresar lo que sienten.

Antes de analizar el tema a profundidad, es necesario definir el concepto: La depresión es una enfermedad que se caracteriza por una tristeza profunda, decaimiento anímico, baja autoestima, disminución de las funciones psíquicas y por la pérdida de interés en las actividades con las que normalmente se disfruta, así como la incapacidad para llevar a cabo las tareas cotidianas durante periodos de tiempo indeterminados. Generalmente, esta condición médica puede modificar el comportamiento, el grado de actividad, los pensamientos y las ideas del portador, y aquí es donde radica el problema. Muchas personas piensan que el simple hecho de estar triste significa estar deprimido, pero la realidad es completamente diferente, porque esta sintomatología necesita atención médica inmediata. Si la condición no es tratada a la brevedad posible, podrían ocurrir escenarios realmente trágicos, como la mutilación, y en el peor de los casos, el suicidio.

La depresión puede ser diagnosticada con un simple análisis del comportamiento, y a su vez se relaciona con muchísimos síntomas físicos, tales como dolor de cabeza, calambres o problemas digestivos, pero también está la otra cara de la moneda, donde se llega a suponer que la persona está completamente sana aunque haya cambiado sus hábitos alimenticios y de descanso. Por ejemplo, en la mayoría de los casos, los afectados suelen alejarse de su círculo social, tienden a dormir más de 12 horas y dejan de comer, pero existen otras personas que prefieren mantenerse despiertas sin motivo o razón aparente, comen todo el día y se sumergen en algún vicio o en los excesos que puedan conseguir en la vida mundana.

Si bien no existe una edad específica que se salve de este trastorno tan espantoso, es muy común que los jóvenes que se desenvuelven en los ambientes más conflictivos muestren una tasa más elevada de depresión, pero las enfermedades mentales todavía están recubiertas de un tabú extremadamente prehistórico, por lo que es mucho más difícil detectar a temprana edad quien necesita asistencia médica o quién no. Durante siglos, los profesionales del sistema neuronal han sido tildados de “loqueros”, cuándo su función en el mundo juega un papel fundamental, e incluso, sería un lugar mejor si todos contrataran sus servicios como si fueran médicos usuales y corrientes. Cualquier persona que muestre el más leve indicio de “locura”, empieza a ser juzgado, por eso es lógico que nuestros hijos no se atrevan a emitir algún tipo de comentario al respecto, y ahí es donde entran los padres en el juego.

La mejor forma de garantizarles a los jóvenes un ambiente seguro es hablar de estos temas, para que no se cohíban a la hora de experimentar alguna sensación que los haga sentir incómodos. Puede que las generaciones anteriores consideren este comportamiento como una muestra de debilidad, o como suelen decir, “la generación de cristal”, pero lo cierto es que los adolescentes actuales está mucho más preparados que los adultos para enfrentar este trastorno, pues tienen la capacidad de captar cada comportamiento extraño o poco usual que se presente en su entorno.

Los trastornos depresivos son más comunes en las mujeres, pero el impacto que reciben los hombres es más grave de lo que la gente piensa. El estigma que se le tiene a la expresión de los sentimientos es una de las dificultades que todavía no han podido ser abolidas, pero sea cual sea el género del afectado, el hecho de enmascarar los síntomas de la depresión pueden acarrear un índice mucho más alto de riesgo.

La verdadera pregunta debería ser ¿Cuál es el detonante de esta enfermedad?, pero en realidad no hay una respuesta sumamente exacta para explicar su origen. Los científicos han descartado la posibilidad de que sea un problema genético o hereditario por sí mismo, pero han logrado comprobar que la depresión se desata gracias a la combinación de una serie de factores bioquímicos, sociales, ambientales, políticos y psicológicos. Si un individuo depresivo tiene un hijo y este se desarrolla bajo las mismas condiciones que su predecesor, existe entre un 40 y un 50% de probabilidad de adquirir el trastorno, pero no porque este haya sido pasado a través de algún gen, sino porque han experimentado las mismas experiencias que desencadenan la afección.

Los jóvenes que atraviesan este difícil proceso intentan lidiar con sus problemas de manera absurda, ya sea involucrándose en actos violentos, empleando la rebeldía, metiéndose en situaciones peligrosas o buscando la forma de llamar la atención. El juego de roles también es un aspecto muy importante que debe ser considerado a la hora de juzgar el comportamiento de los adolescentes, pues a los hombres se les relaciona con el concepto de macho, demostrando conductas agresivas y sin ningún tipo de atisbo sentimental. No obstante, detectar a las mujeres deprimidas es mucho más difícil, pero la escena de la mujer triste y llorosa está completamente normalizado. Para que un padre se dé cuenta de que su hijo está en un cuadro depresivo, tiene que conocerlo de cabo a rabo, para poder captar las diferencias que se puedan producir en cuanto a su personalidad, y si ese no es tu caso, pues empieza a analizar el comportamiento de los integrantes de tu familia, sin inmiscuirse demasiado para no ahuyentarlo o ponerlo en estado de alerta.

La adolescencia es una experiencia traumática, pues abundan las circunstancias vergonzosas y los enfrentamientos innecesarios, pero no por eso hay que minimizar el impacto de la misma, pues de este periodo depende la autoestima y la estabilidad mental que pueda desarrollar cualquier adulto normal. Gran parte de los problemas psicosociales se generan en la edad comprendida entre los 13 y los 19 años, así que no estaría de más echarle un vistazo a lo que hace, siente o expresa tu hijo generalmente.  

Una mala conducta o un déficit de atención suele estar acompañado de la molestia de algún representante, y por eso se ve a cualquier cantidad de infantes en el psicólogo tratando de enmendar este conflicto, pero la depresión es tan discreta que pasa desapercibida, y nadie se alarma cuando el adolescente deja de salir con sus amigos o empieza a dormir demasiado, porque estas acciones no afectan a las personas que se desenvuelven en su mismo entorno. El mundo en el que vivimos está basado en el adultocentrismo, se cree que la opinión “madura” es la única que cuenta, y justo ahí es donde se encuentra la falla. Los jóvenes son el futuro, sus problemas son los nuestros, y la crianza responsable debería ser una prioridad. Deja de pensar que tu hijo está exagerando, quizás no es un drama y deberías buscar ayuda.

Me despido con un fuerte abrazo, lento y en silencio.

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